Dignidad

Una cosa es ayudar y otra bien diferente es tratar a seres humanos como si fuesen ganado. Es la sensación que nos queda tras pasar unas horas en la puerta del campo de Derveni. Es un campo de transición para los que vienen de las islas, normalmente de Lesvos o Chíos, en el que pueden pasar varios meses hasta ser trasladados a otro lugar. Pero durante la espera tienen que soportar el calor infernal de una nave industrial con el techo de chapa, dentro de la cual tienen sus tiendas de campaña. Eso sí, las organizaciones que trabajan en el campo tienen cada una su módulo fuera de la nave y con aire acondicionado.

Hemos estado con la gente de Mobile Info Team, cuya labor nos parece fundamental. Realizan visitas semanalmente en diferentes campos de los alrededores de Thessalonika para proporcionar asesoramiento a las personas refugiadas sobre los pasos que tienen que seguir para solicitar bien el reagrupamiento en algún otro país Europeo, bien la residencia en Grecia. También les ayudan a preparar las entrevistas que hace el gobierno griego de cara a tramitar sus solicitudes de asilo en el país heleno. Según nos contaba Jannika, una trabajadora finlandesa de la organización, los plazos pueden prolongarse hasta dos años, lo que da muestras de la ineficacia de la “ayuda” de la Unión Europea.

No estamos hablando de reubicar a los 2 millones de personas que están acogidos en Líbano. Estamos hablando que en Grecia hay 62.000 personas refugiadas, por lo que si cada uno de los 28 estados miembros se comprometiese a acoger con dignidad a 2.214 personas, el problema estaría solucionado y podrían centrarse en lo que ocurre en otros países donde la situación de esta gente es más desconocida, y, tal vez, mucho peor.

Pero nosotros no queremos hablar de números, sino de personas. En las puertas del campo de Derveni hemos tenido oportunidad de hablar con dos sirios y un paquistaní. Este último, de nombre Ahsan, estuvo 8 años viviendo en España, concretamente 4 en Badalona y otros tantos en Logroño. Su padre falleció en su país natal y tuvo que coger un avión para acompañar a su madre en esos momentos. Pero cometió un error, se olvidó de renovar el permiso de residencia que le vencía, por lo que nunca pudo regresar. Lleva más de un año en Grecia, y ha intentado cruzar tres veces por Macedonia, siendo detenido y expulsado en todas las ocasiones. Su situación no tiene visos de solucionarse fácilmente. Pero ha debido enterarse que había voluntarios españoles en las puertas del campo y ha acudido raudo a charlar un rato. No debe tener mucha gente con la que hacerlo puesto que en este campo se concentran personas , mayoritariamente hombres solos, de muy distintas nacionalidades y su inglés, según nos decía, es muy básico. Era un chico muy simpático. Por un maldito error, este chico ha visto su vida truncada de la noche a la mañana.

Hoy hemos repartido algunos juguetes. Por suerte apenas hay familias con niños en este averno, pero por pocos que hubiese, pensamos que no debería haber ninguno. En realidad no deberían existir lugares como este, donde además de las condiciones inhumanas se suma que no disponen de ninguna actividad que realizar en todo el día. Ha venido Mohamed, un sirio de Hasaka que vive en el campo con su mujer y sus dos hijos, de 5 y 1 años. Nos relata con desesperación que ese lugar no es apropiado para los niños. Este señor, un momento despues de hablar con los voluntarios de MIT ha vuelto a salir del campo y ha ido a la improvisada oficina que consta de una furgoneta, mesa y cuatro banquetas de plástico, para traerles agua fría a los chicos.

Al final de las entrevistas con MIT hemos compartido un buen rato con Ibrahim, un chico sirio de Homs que dice que la guerra le ha vuelto loco. Lo dice con una sonrisa, medio en broma, pero según comienza a relatarnos su historia, no es de extrañar, pues nos cuenta que se ha pasado 3 años escondido en su ciudad para evitar que cualquiera de los bandos de la contienda le reclutara, llegando incluso a autolesionarse en un brazo en su desesperación. Lo único que hacía era fumar, nos relata. Su madre le dejaba la comida en la habitación y se iba. No quería hablar con nadie. “Yo no quería hacer la guerra, porque si hubiese empuñado un arma podría haber matado a cualquiera de los que ahora son mis amigos” nos dice señalando a otros compatriotas allí presentes, un grupo de hombres jóvenes que llevarán en sus mochilas historias tan tremendas como las que nos han contado hasta ahora. Nos ha comentado también que, en su huida, pasó dos días apresado por el ISIS, dos días que le parecieron dos años. Le salvó el hecho de llevar barba y de no haber combatido contra ellos, además de una providencial llamada a su hermano mayor quien convenció a sus captores para que le dejasen marchar, haciendoles ver que era “buen musulmán”. Pero muchos otros no tuvieron su misma suerte y fueron degollados. Sigue manteniendo su barba, por si acaso. Y sigue atrapado en Grecia, tras un año y tres meses, tiempo suficiente para perder hasta la esperanza.

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