Un poco de humanidad

Cuando les preguntamos a los voluntarios qué más se necesita para mejorar la vida de estas personas, la gran mayoría nos han hablado de humanidad. Y es que esta gente en muchos casos lleva ya demasiado tiempo aquí. Tienen comida, ropa, algunos van a clase, hacen algunas actividades, pero y el resto del día, ¿qué?

Hemos estado a las puertas del campo de Sinatex. Dista una media hora en coche de Thessalonika, y se encuentra al pie de las montañas que separan la ciudad helena del valle más al este. Pero está en mitad de la nada. Para ir al supermercado más próximo tienen que coger dos autobuses. Sí, son libres de salir del campo, pero… ¿adónde van a ir?

Ahora mismo hay unas 120 personas en la fábrica “habilitada” para acogerles. A diferencia de Derveni no tienen las tiendas puestas dentro, sino que han compartimentado el interior con tablones de madera a modo de habitaciones, sin techo. El “gallinero” lo llaman, pues se asemeja más a una granja que a un hogar. La gran mayoría de los que están allí son sirios, y hay unos 25 niños, para quienes hemos dejado varias cajas de los juguetes que nos disteis.

Allí trabajan desde hace tiempo los voluntarios de Bê Sînor, que en kurdo significa “sin fronteras”. El año pasado no podían acceder al campo, donde por aquel entonces vivían sobre todo kurdos, por lo que montaron junto a la puerta dos enormes tiendas de campaña para poder desarrollar sus actividades con mayores y pequeños. Ahora han obtenido los permisos necesarios y pueden realizar su tarea en el interior de Sinatex. Dan clases, tienen una guardería para los más pequeños, reparten alimentos frescos semanalmente y, sobre todo, les dan cariño. Ese afecto del que están tan faltos y que parece que no se lleva mucho en el libro de estilo de algunas grandes organizaciones que trabajan allí, más preocupados a veces por cumplir sus fríos objetivos.

Hemos estado con Alicia, una joven zaragozana que está en Grecia por tercera vez, y esta para quedarse al menos 5 meses. Ha pedido una excedencia para poder venir de nuevo a echar una mano y compartir su tiempo con quienes más lo necesitan. Nos ha contado que tienen en mente muchos proyectos, aunque quizás los más inmediatos sean una panadería para que las personas refugiadas puedan hacer su propio pan, y una guardería para los niños que ahora no van al colegio. Los niños de este campo han tenido algo más de suerte a ese respecto, porque en Enero pudieron ir, algunos por primera vez en su vida, al colegio.

Esta mañana hemos estado hablando largo y tendido también con Owen, un voluntario británico que lleva mucho tiempo dando asistencia legal en Mobile Info Team, de quienes ya os hablamos hace un par de días. Se muestra optimista sobre el estado actual de las personas que huyeron de sus países por la guerra, comparado con la situación vivida en Idomeni, aunque ese optimismo se torna en decepción cuando hablamos acerca de la actitud mostrada por los gobernantes europeos en esta maldita crisis humanitaria.

Quizás sólo unos días fueran suficiente para que de verdad se tomasen en serio el problema que sufren anónimamente miles de personas. Son miles, sí, pero sobre todo son personas, con nombres y apellidos, con una vida y unos sueños. Quizás si juntásemos a lo más granado de la política europea una semana en Derveni, en Sinatex, en Katsikas (también conocido como “el infierno”), quizás así se diesen cuenta que no sólo es una cuestión de dar miles de millones de euros y mirar para otro lado. Que son PERSONAS y que necesitan también sonrisas, caricias, abrazos y mucho amor. Y un futuro.

 

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