Efecto llamada

No nos engañemos, la gran mayoría de estas personas no quieren establecerse en Europa, lo que realmente desean es volver a sus países, eso sí, en paz. El choque cultural es obvio que es grande, desconocen la lengua, están lejos de sus seres queridos… pero su tierra está en guerra. Si han huido, si han hecho cientos de kilómetros a pie, en barcas de goma, escondidos, con riesgo para su vida y la de sus familiares, no es por gusto, ni, como dicen algunos ignorantes, para quitarnos el trabajo o porque aquí viven a la sopa boba con su paguita.

Aún así cuando llegan se encuentran con que esto no es el paraíso, y, en algunos casos, se parece más a un infierno. Hemos pasado la tarde hablando con Hossain (nombre ficticio), un chaval sirio de 23 años que lleva año y medio estancado en Grecia. Está desesperado, porque al tedio de la larga espera se suma el hecho de que en el campo donde están, Filippiada, no se desarrollan actualmente actividades de ningún tipo. El campo llegó a tener 700 personas viviendo, aunque ahora son apenas 180. Las condiciones han mejorado bastante desde que instalaron contenedores con aire acondicionado para sustituir a las tiendas de campaña en las que el verano pasado tuvieron que soportar temperaturas superiores a los 40º. Por el campo pasa un río, hay un bonito lago cerca, el pueblo está a pocos minutos caminando… pero las horas pasan sin tener nada que hacer. Y así un día, y otro, y otro…

Nos cuenta Hossain que del campo de Filippiada han echado a las ONGs españolas, porque son las que más críticas se han mostrado acerca de las condiciones de vida. También nos comenta que hay una ONG griega en el campo que a día de hoy no saben muy bien a qué se dedican, además de a fumar cigarrillos en la puerta. Y que les gustaría a ellos mismos poder poner en marcha algunas actividades, pero no cuentan con los medios y dependen de la buena voluntad de los cooperantes allí presentes.

Pero lo que más nos impacta tras charlar con él es cuando nos dice que a sus amigos en Siria les pide que no vengan, que estarán mejor allí. Él, que ha soportado durante años el sitio de su ciudad, Deir ez-Zor, que tuvo que huir para evitar que alguna de las facciones le alistase, que ha dejado atrás la guerra y su familia, está tan angustiado que prefiere recomendar a sus compatriotas que se queden allí. Es evidente que algo se está haciendo mal.

Y no es porque el pueblo griego no sea acogedor, que lo es y mucho. Si algo nos llevamos en este viaje es la amabilidad con la que nos han tratado en todo momento, excepto ayer cuando a la entrada de Filippiada preguntamos en una gasolinera por la ubicación del campo. El personaje en cuestión nos habló con malos modos, como queriendo decir que no quería saber nada. Pero es la excepción, en todos los demás casos ha sido más fácil.

Esta mañana, antes de cruzar la península helena de este a oeste, hemos estado en Kavala hablando con Alexandra, una voluntaria suiza de Northern Lights Aid, una organización noruega que ha vivido esta crisis humanitaria en Lesvos primero, después en Idomeni y ahora en un campo a las afueras de esta bonita ciudad costera. Esta chica rubia, pequeña y super simpática, nos ha recibido con un tarro de miel, un detallazo que no nos esperábamos como regalo por nuestra luna de miel.

Nos comenta un asunto que nos parece fundamental: el trabajo en la integración y la formación de estas personas. Mientras no puedan retornar hay que hacer que se sientan útiles, y´por ahí va el trabajo de esta ONG, entre otras líneas de acción. Por cierto, les hemos dejado los últimos juguetes ya que están montando un centro comunitario para desarrollar actividades con grandes y pequeños, y nos han dicho que les venían genial. Muchas gracias a todos los que habéis aportado vuestro granito de arena. No sabéis la ilusión con la que los han recibido, grandes y pequeños.

Por la noche hemos vuelto a ver a la mayoría de nuestros amigos afganos en Ioannina. Ha sido emocionante abrazarnos con los chavales. Fathema, una de las hijas de Alí, no dejaba de envolver a María en un tierno abrazo. La cara de Sajad cuando nos ha visto no se nos borrará de la retina. Una de las niñas llevaba colgado su bolsito, el que le regalamos la semana pasada. Siempre que la vemos lo lleva. Y Salim nos hablaba de su coche teledirigido.

Ya no queda nada para volver, mañana por la noche salimos en nuestro largo viaje de vuelta, no sólo por la distancia, sino también por todo lo que dejamos aquí.

 

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