Personas

A pesar de haber dejado en Grecia todos los juguetes que nos distéis, traemos el coche lleno. Repleto de sentimientos, algunos antagónicos, otros, los mismos que los que nos impulsaron a realizar este viaje, pero multiplicados exponencialmente. Todo viaje tiene una razón de ser, y la nuestra no era otra que llamar la atención sobre una situación que, porque no salga en la mayoría de los grandes medios de comunicación, no deja de estar por resolver.

La rabia que nos llevó a hacer esta travesía se acentúa al ser testigos de cómo hay personas sufriendo lo indecible porque no entienden por qué llevan atrapadas tanto tiempo. Hemos visto la tristeza en sus ojos y no podemos soportarla sabiendo que hay una solución. Somos conscientes, y así nos lo han hecho saber nuestros amigos sirios y afganos, que la mejor alternativa sería que pudiesen regresar a sus países en paz. Pero para ello hace falta voluntad de diálogo y de acabar realmente con un conflicto en el que hay demasiados intereses. Y ojo, no son intereses humanitarios, sino meramente económicos.

Desde la sociedad civil debemos pedir, debemos exigir, que en nuestros países no se fabriquen armas. No es una cuestión baladí. Una vida en Siria, en Yemen o Afganistan vale lo mismo que cuesta fabricar una bala en cualquier factoría europea: apenas unos céntimos de euro. Si de verdad queremos que la Europa de los valores, de la paz y la concordia, sea merecedora de tanto galardón, tenemos que contribuir a secar el papel mojado en que han (hemos) convertido las buenas intenciones para que sean una realidad.

Hemos empatizado con ellos, y mucho. Esta gente tenía una vida que se truncó de la noche a la mañana por el egoísmo inherente al ser humano. ¿Nos puede pasar a nosotros? Hazte esa pregunta, pero antes de responderla acuérdate de Ucrania o de la antigua Yugoslavia. Y acuérdate también de cómo millones de españoles y europeos tuvieron que dejar sus casas hace no tantos años por la maldita guerra.

Y hemos conocido personas tan maravillosas en este viaje que tardaríamos en nombrarlas a todas. Gente que no sólo nos ha abierto las puertas de sus casas sino también sus corazones. Personas extraordinarias que dedican sus vidas a tratar de hacer más fáciles las de otros. Gente que no sólo provee de una bolsa de verduras o asistencia legal a estas personas olvidadas, sino que les dan algo mucho más valioso, humanidad.

Pero además de todo lo que traemos creo que María y yo hemos sellado un compromiso más allá de nuestro enlace matrimonial. Somos conscientes de que aún queda mucho por hacer, no sólo con las personas refugiadas en Grecia, Turquía, Libano, Jordania o Serbia. También hay muchas tareas que realizar en casa. Para empezar debemos seguir con nuestra labor de concienciación. Para nosotros convivir estos días con personas tan maravillosas ha supuesto también romper algunos prejuicios. Un velo o una barba no son más que costumbres, debajo de las cuales hay una persona. Alguien que sufre, ama, siente, sueña. Alguien como tú y como yo.

También hay otra tarea muy importante. Cuando esta gente son trasladados a otro país no podemos dar el problema por resuelto. Ahí comienza otra labor fundamental: la integración. Y esa sí que es una tarea que nos compete a todos. Primero de todo presionando para que se dote a los programas de asilo de los medios necesarios. Seis meses en un piso con clases de castellano no es suficiente, y si no plantéate si fueras tú el que estuviera en un país con una lengua y unas costumbres tan diferentes. Pero además podemos ser parte activa de sus procesos de integración, colaborando con las organizaciones que los llevan a cabo y sobre todo, mirándoles a los ojos.

Dentro de unos meses, con suerte, nuestro amigo Alí y su familia se encontrarán con su hijo en Suecia. Barzani y los suyos habrán podido viajar a Alemania donde se podrá reencontrar con su grupo de música. Los ojos de Ziagol se llenarán de alegría al abrazar a sus hijas en Austria. Mahnaz, esa hermosa niña, podrá volver a besar a su madre en Suiza. Shukria y sus hermanas podrán de nuevo estrechar los brazos de su padre y sus hermanos en Alemania. Tantos y tantos reencuentros que una maldita decisión política podría haber acelerado. A otros, como los Hododadi, ni siquiera una resolución gubernamental les ofrece alguna esperanza.

Mientras observamos la estela del barco que nos aleja de Grecia no dejo de preguntarme: ¿por qué?

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